sábado, 12 de enero de 2019

Bienvenid@ al blog de Antonio Jimenez


El Cazador de Espíritus. La verdadera historia del exorcista más popular de España.

 

Este hombre ve espíritus desde los 3 años de edad, ha ejercido 25 como exorcista y la historia de su vida es trepidante ante las numerosas experiencias que tiene y demuestra con el más allá y lo espiritual. Ahora se ha publicado una biografía de este cazador de espíritus.

Primero mantuvo ocultas sus facultades, le avergonzaban. De mayor tuvo que reconocer que lo suyo no era normal y se convirtió en Cazador de Espíritus, es decir exorcista profesional, labor que ejerció durante 30 años. Sería la suya una vida de película, si no fuera porque todo es pura realidad. Con una espiritualidad muy terrenal, nada terrorífica y hasta con humor, el libro atrapa desde la primera página. En la primera parte, Antonio describe cómo le enseñaron desde el otro mundo, ya de muy niño, a controlar la energía, hacer viaje astrales y experimentar videncias, vivencias y premoniciones. En la segunda, se evocan decenas de exorcismosrealizados por él, cómo depura la técnica y cómo añade a sus facultades la mediumnidad, la audición a distancia, la regresión, la sanación y la ayuda en la muerte. La experiencia le ha demostrado, que no somos más que un eco del pasado.

 


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En este blog, Aquí tenéis. «El Cazador de Espíritus» el libro de auto-ayuda sobre mi vida que ha escrito Víctor Colomer. Pude descargarse gratuitamente en formato PDF como iBook para tablet, móvil y ordenador. Si lo prefieres, puedes elegir la opción libro de papel y lo recibirás en casa por correo postal. Es de lectura fácil y amena y aborda la vida de un niño que vivió en este mundo y, muy a su pesar, también en el otro. ¿Qué diran de mi si les digo que veo espíritus?, pensaba el niño. Mejor quedar en silencio.    
 

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......................Prólogo por Antonio Jiménez

Quiero contaros como ha nacido este libro. Lo escribí hace años, como buenamente pude, con mis pocos conocimientos de lingüística y narrativa y dando mis primeros pasos en el teclado de un viejo ordenador. Dediqué a ello quince días enteros de mi vacaciones, llorando a lágrima viva cada vez que me ponía a evocar mi vida frente a un papel en blanco. De pronto los recuerdos acudían a mi mente de forma desordenada lo que me producía una desazón y un malestar muy perturbadores. Pero no podía dejar de escribir... ni de secarme las lágrimas de tan catártico como era el ejercicio.
Apenas fueron una treintena de folios y en ellos quedó plasmado el primer proyecto de mi libro. Lo titulé Memorias de un Espíritu ya que mientras escribía tuve la sensación de hacerlo por órdenes de un ser superior que me dictaba cada línea. El espíritu  hablaba en primera persona de un tal Antonio y contaba su vida desde una perspectiva espiritual
Nunca tuve prisa en publicarlo. Las cosas han de caer por su propio peso y el lema  de mi vida siempre ha sido que «si ha de ser será y si no es, es porque nunca fue». No somos mas que un eco del pasado repitiendo en uno y mil planos de existencia los mismos aciertos y errores. Así que no había que darse prisa, sino simplemente dar tiempo al tiempo y... lo que tenga que ser será. Eso nunca me quitó el sueño.
Al cabo de unos años encontré un amigo, uno de ésos que vienen de lejos y a los que poco a poco te vas acercando porque la amistad va creciendo lentamente. Víctor se llamaba, le conocía de su trabajo en Diario de Sabadell y me propuso hacer un libro sobre el tema espiritual. Le respondí que imposible. Eran aquellas épocas en que íbamos liadísimos de trabajo atendiendo a 50 y 60 personas cada día en nuestro consultorio. Pero tomamos un café, él insistió sobre la necesidad de dar a conocer casos reales de posesión y exorcismos para que la gente viera que no son cosas de películas, sino que es un fenómeno real y cercano.
Te voy a contar una historia, le respondí. Un día, siendo yo un niño, mi padre me llevó al mercado donde mi abuelo tenía una parada de fruta. Todos sus compañeros con puestos también de fruta o verdura, pollería, huevos y demás chillaban como locos pregonando a voces la bondad de su producto. Mi abuelo era el único que no daba voces. Extrañado, le pregunté porque permanecía tan silencioso. ¿Tu ves que me quede algo por vender? Me preguntó a su vez. No le quedaba nada. ¿Para que me voy a desgañitar si ya lo tengo todo vendido?
Como mi abuelo, yo tampoco voy a perder energías gritando la verdad del hecho espiritual. Aquí está mi libro para que cada cuál lo lea como mejor le parezca. Esta es mi vida y éstos son los hechos. Pero podéis leerlo, si así os place, como una aventura de Harry Potter o como una película de ciencia ficción. No me importa. Otros sabrán de qué hablo porque algún capítulo les va a recordar aquel extraño suceso que vivieron un día. Otros se reconocerán en cada línea, en cada palabra. Da igual, cualquier lectura es correcta, lo principal es ayudar.
Años después Víctor y yo volvimos a encontrarnos. Yo estaba ya retirado y nos pareció el momento adecuado para poner en marcha conjuntamente un largo proyecto que ha durado más de dos años. Ha sido un parto largo y plagado de dificultades, pero finalmente el libro sale a la luz. Era nuestro eco del pasado. El resultado lo tienes en tus manos 
  

 Prólogo por Víctor Colomer

   Siempre he pensado que los fantasmas deben existir. Tienen que ser verdad. Pero nunca he podido demostrarlo ni, menos todavía, experimentarlo. He investigado sin mucho éxito en el mundo de los viajes astrales y los sueños lúcidos, me he metido en sectas, he acumulado libros y he buscado en la espiritualidad. Pero nunca he visto fantasmas, nunca he experimentado nada sobrenatural ni he constatado la existencia de un mundo paralelo al nuestro. Aún así, y esto es sorprendente, sigo creyendo en fantasmas.   
     ¿Qué me anima? Muy fácil: ir encontrando aquí y allá textos históricos, literarios o periodísticos, testigos personales de amigos y conocidos, escenas de cine... Donde menos lo espero, vuelve a salir una información sobre fantasmas.       
 Un día de 1991, el guitarrista Narciso Yepes, de prestigio internacional, me reconoce, mirándome a los ojos, en una entrevista y con toda naturalidad, haber visto un familiar muerto en su casa.      
 El 6 de enero de 2017 medios de todo el mundo publicaban «Silvia de Suecia dice que convive con fantasmas». En una entrevista en la televisión sueca, SVT, la esposa del rey Gustavo afirma que son «presencias amistosas». 
Hay gente que no cree por motivos de lógica. «Yo soy muy racional», argumentan. En mi caso, paradójicamente, es precisamente la lógica la que me ha hecho creer en estos fenómenos. Para mi es de pura lógica que los fantasmas han de ser una realidad.    
Hace unos años, la hija de una amiga de Sant Cugat del Vallès llama a gritos a su madre desde su habitación porque está viendo, tumbado en su cama, el abuelo que murió el día anterior. Asustada, describe a su madre como viste el abuelo, justo la misma ropa con que le enterraron y que la niña no había visto. ¡Una niña de diez años! ¿Por qué va a mentir ella? Una niña de diez años no puede estar influida por películas, leyendas o relatos de terror. Sólo estaba haciendo deberes en su habitación y de repente se le aparece su abuelo, fallecido el día anterior, tendido en su propia cama.   
Una compañera de trabajo me habla de la señora con la que coincide a la salida del colegio, donde recoge a su hijo. Le explica como habla con su marido, muerto hace tiempo, cada vez que lo encuentra sentado en su butaca. Hay gente que lo lleva con la misma naturalidad con que lo manejan los habitantes de Macondo en 100 años de Soledad. Cohabitan con seres espirituales sin problema.   
 Y todavía otro caso cercano, una vecina muy sensata y de plena confianza me dice que ha visto dos veces en el rellano de nuestra escalera y en el parking de casa, a otra vecina que se suicidó precipitándose desde el balcón.  
¿No es tanta coincidencia, al menos, digna de estudio?   
Pasemos ahora de los casos de mi entorno personal a los universales. La creencia en muertos retornados está acreditada desde la cuna de la humanidad. De fantasmas se habla desde los sumerios. En la epopeya sumeria Gilgamesh, 2.600 años antes de Cristo, ya aparece el muerto reencarnado Enkidú. Los egipcios ya mencionan el cordón de plata que une el cuerpo físico con el energético y desarrollaron una compleja arquitectura funeraria (pirámides incluidas) basada en el viaje del espíritu, no del cadáver, a la otra dimensión.   
Desde los sumerios hasta películas como Ghost o El Sexto Sentido, encontramos apariciones de muertos en La Eneida de Virgilio y La Odisea de Homero, en el Hamlet de Shakespeare, en El Holandés Errante de Wagner, en La Novia de Corinto de Goethe y, leyendas aparte, en tantos otros monumentos de la cultura occidental. El Nuevo Testamento, sin ir mas lejos, atribuye tres exorcismos al propio Jesús. La ciencia lo atribuye a supersticiones locales de gente sencilla. Pero es que en la otra mitad del planeta, la cultura oriental disfruta también de una extensa historia -y no sólo en la literatura clásica de China o Japón- sobre aparecidos, espíritus de muertos que regresan a casa, poseídos y exorcismos.       
Tienen sus fantasmas los aborígenes australianos, las tribus africanas y los indios americanos, desde mucho antes de comunicarse entre ellos. Curiosa «superstición local» la que alcanza todos los siglos de la historia de la Humanidad y todo el globo terráqueo de Norte a Sur y de Este a Oeste. Comprendo que el fenómeno no sea experimentable ni, por lo tanto, estudiable científicamente, pero da rabia que la ciencia no tome más seriamente un fenómeno tan universal.  
Hoy mismo, en pleno siglo XXI, el tema sigue generando ficción, leyendas, cine... ¡Incluso una concursante de Gran Hermano veía fantasmas! Pero también documentales e incluso literatura científica como la de la doctora Elisabeth Kubler Ross que afirma sin tapujos, desde la perspectiva médica, la existencia de seres espirituales en nuestro entorno y aporta multitud de testigos. Hoy, según las encuestas, el 32% de los estadounidenses afirman sin vergüenza creer en fantasmas.   
Pero América nos queda lejos y a los americanos siempre les hemos visto un poco extravagantes. Es por eso que yo, que llevo toda la vida esperando que la ciencia pierda el miedo a los fantasmas y aparezca un día un premio Nobel sin complejos demostrando su existencia, he decidido hablar de los fantasmas de casa, los que tenemos más cerca. La vida se me echa encima y no quiero morir sin haber averiguado la verdad de este apasionante misterio. No puedo esperar más.  
Es así como he recuperado a un viejo conocido, Antonio Jiménez. Cuando yo trabajaba en Diario de Sabadell siempre busqué entrevistados que me aportaran un poco de luz al respecto. Algunos eran demasiado iluminados, otros esotéricos alucinados, charlatanes de feria o sectarios. Otros, no obstante, me intrigaban por no encajar en ningún prototipo conocido, me inspiraban cierta confianza. Seguí de cerca el nacimiento, en 1991, en la Avenida Barbera de Sabadell, del Centro Espiritual Angeles.
No cerró al poco tiempo como yo vaticinaba. Bien al contrario, vi como durante 25 años, que se dice pronto, el centro no paraba de recibir cada vez más visitas de pacientes. Primero sólo de Sabadell, después de toda España y al final del extranjero, mayormente de América Latina. Los pacientes llenaban cada día pacientemente (valga la redundancia) durante horas aquella sala de espera, que yo siempre veía apretujada, para ser atendidos de algún tipo de posesión. El trabajo consistía, por decirlo brevemente, en arrancarles el espíritu que les acompañaba y enviarlo al cielo.  
Poco a poco fui descubriendo que M. Àngels se ayudaba en el trabajo de un personaje anónimo, discreto, miope, gordito, mofletudo, un poco cojo, sin apenas estudios y algo desaliñado que escuchaba desde un rincón de la consulta la historia de cada una de aquellas personas desesperadas y que se dejaba poseer temporalmente (yo entonces no lo sabía) por el espíritu a desalojar.   
  Asistí a alguna de aquellas sesiones y veía como él aceptaba con humildad su papel de secundario. Sólo hablaba en voz queda, de vez en cuando, con M. Àngels. Pero lentamente fui descubriendo que la presencia de aquel hombre discreto medio escondido en la oscuridad era esencial para el trabajo que allá se realizaba. Imposible sin él.   
Ahora he reencontrado a aquel Antonio que tanto me intrigó hace unos años. Es un tío abierto, simpático, servicial y muy estimado por sus antiguos pacientes. Se ha retirado del trabajo y ha abandonado todo escrúpulo a hablar. Liberado de aquella disciplina, hoy vive una jubilación dorada llena de alegría, tiene voluntad de comunicarse y ganas de dejar testimonio de lo que ha sido una vida, la suya, de auténtica película.   
 Antonio ve espíritus y vive con ellos desde la infancia. Y lo lleva con una naturalidad que te desarma. Cuando habla de ello, mezcla los fenómenos sobrenaturales que él vive a diario con temas cotidianos como la hipoteca, el último concurso de la tele, su pasión por las motos, el Barça-Madrid, la visita al médico, la mejor técnica para plantar un geranio o sus dos hijos. Pasa de la cotidianidad a la fenomenología sin solución de continuidad. Tiene los espíritus integrados en su vida.
 A menudo se ríe de ellos e incluso les desprecia (califica los espíritus débiles como «una entidad de calderilla»). Pero respeta con devoción al «Jefe», aquella voz que resuena en su cabeza desde niño, sólo de vez en cuando, pero con rotundidad. Una voz interna que durante toda la vida le ha ido indicando el camino correcto, le ha educado lentamente en las artes espirituales y siempre le ha ordenado, con tono severo, hacia donde caminar.  
Con el tiempo, dice Antonio, ha desarrollado tres facultades: vivencia, videncia y premonición de futuro. Olvida decir que, cuando ha convenido, también ha ejercido de medium, ha sanado, ha ayudado a morir y, sobre todo, que también sabe «disparar un láser» desde su plexo solar que hace maravillas en los poseídos.    
 Su experiencia constante con «el otro mundo» lo ha llevado a forjar un corpus teórico propio, un código ético personalísimo. Tiene ideas muy particulares sobre la religión, el sentido de la vida, la reencarnación (en la que no cree), el aborto (que no es pecado), el suicidio (que sí puede serlo), la posesión, la homosexualidad, los planos de existencia y, sobre todo, el tiempo. En este último apartado, el tiempo, se acerca paradójicamente a las más avanzadas teorías de la Mecánica Cuántica. ¡Él! que abandonó los estudios a los 13 años y que desde entonces apenas ha vuelto a hojear un libro.  
 A mediados de 2015, Antonio sufrió una angina de pecho. Lo recibió como un aviso del corazón. Decidió hacer caso y poner punto final a su carrera de exorcista, un «oficio» demasiado intenso que lo estresaba y lo dejaba cada noche hecho polvo, absolutamente agotado.  
Después de 25 años, y ya sin Antonio, el Centro Espiritual tuvo que cerrar para disgusto de miles de personas que de la noche a la mañana se encontraron huérfanos de confort espiritual. Hoy Antonio vive una relajada vida de jubilado frecuentando sobre todo, el Centro para la Tercera Edad  de su barrio donde juega al dominó cada mañana.
   Antonio es hoy, con 63 años, un hombre limpio y pulcro, de trato agradable, extrovertido, muy hablador, muy simpático. No quiere volver de ninguna manera a la «profesión», no quiere Facebook ni WhatsApp y su número de teléfono sólo lo tenemos unos pocos privilegiados. Tanta es la gente que todavía le busca para que les haga «un trabajito».    
 Lo que sí quiere es aprovechar este momento dulce de la vida para dar testimonio, porque «el Jefe» no se opone. Si no le gustara la idea ya me lo habría hecho saber con uno de sus rotundos NO!, dice Antonio. Necesita darlo a conocer, hacerlo público. Y en eso estamos. El habla y yo escribo. Nos habremos reunido una treintena de veces para trabajar y casi cien más para tomar café en algún bar de Sabadell y arreglar el mundo. El pacto siempre fue que yo no se lo iba a poner fácil. Aceptó. 

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23 de abril, el día de Sant Jordi

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